El guión se repetía una y otra vez, cada paso que daba el rey sobre el tablero recibía un jaque de la torre, y el alfil lo cubría, y así jaque tras jaque, alfil tras torre, rey y alfil iban moviéndose de tal suerte, que viéndolos, el alfil parecía una muleta, en la que su majestad, cojo, avanzaba hacia los peones de su adversario, y cojo o no, ante los ojos impotentes de la torre, que presumía de ser más fuerte que un alfil, aquel rey los iba sacando del tablero, y más parecía una mano, una boca, una aspiradora en aquel singular final, que un rey, porque ninguno escapaba a su voraz apetito. 



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